La noche dio paso al día y los
primeros rayos de sol trepaban con velocidad por el otro lado de las montañas.
Cuando el sol hizo su aparición, todo el valle pareció cobrar vida. Un gallo
trepó hasta el tejado de la casa de Norah y cantó con todas sus fuerzas dándole
la bienvenida al nuevo día y, de paso, despertando a Norah, que abrió
ligeramente un ojo y lo volvió a cerrar rápidamente por la excesiva claridad
que entraba por la ventana. La hubiese cerrado y corrido la cortina, pero
debido al incidente de la noche anterior no lo pudo hacer.
Esperó un momento y volvió a abrir
los ojos, esta vez con más éxito. Sus pupilas se hicieron pequeñas de golpe y
le llevó un momento enfocar la habitación. Cuando sus ojos se hubieron
acostumbrado a la luz, se incorporó torpemente del suelo y se sentó en el borde
de la cama. "Menudo dolor de espalda",
pensó y maldijo el suelo en que había estado durmiendo. Levantó levemente la
mirada hasta posarla en la ventana. Recordó lo que había pasado la noche
anterior. Ya no había rastro del dolor de cabeza ni de la fatiga, pero aun así,
se llevó las manos a la cabeza para comprobar que no hubiera ninguna herida
producida por la caída. Al ver que su estado era satisfactorio y no había
ninguna brecha, se levantó de la cama y se acercó al tocador que estaba al otro
lado de la cama. Abrió el único cajón y sacó de él un lazo con el que se ató el
pelo, dejando que su melena rizada le cayera hasta la mitad de la espalda. Se
miró al espejo que tenía colgado enfrente y no pudo contener una carcajada que
resonó en toda la habitación. Tenía unas ojeras profundas y negras que se
hundían en el párpado inferior, debido a no haber dormido en su cama. Le daban
un aspecto tétrico, pero aun así seguía siendo preciosa. Sus ojos azules
resaltaban aún más sobre las ojeras, que intensificaban su color. Hizo una
mueca intentándose dar miedo, pero no lo consiguió. Se giró y se acercó al baúl
que tenía a los pies de la cama y sacó de él un vestido limpio, de un color
azul que hacía juego con sus ojos. Tras asearse con el agua que estaba dentro
de un pequeño barreño y una pastilla de jabón que estaban al lado del tocador,
se puso el vestido y se ajustó las cintas del corsé dejando notar su estilizada
figura. Satisfecha de su trabajo, se volvió a mirar al espejo y sonrió.
Un olor a dulces recién horneados
invadió la habitación y Norah inspiró aquel aroma hasta que no le cupo más aire
en los pulmones. Luego, lo echó fuera lentamente. "Creo que hoy será un buen día", pensó. Pero no todo sería tan
perfecto como ella imaginaba.