Era tarde, cerca de las diez de la noche y el sol empezaba a ocultarse tras las montañas. El valle brilló con los últimos rayos del lucero y luego se rindió a la noche.
Había sido un día claro, sin nubes ni viento, y por lo que se podía ver, la noche también lo sería. La luna brillaba con todo su esplendor en el negro cielo acompañada por un harén de estrellas que no se separaban de ella. Iluminaban los árboles, las piedras, el río y todo aquello expuesto a ellas con una suave luz blanca que le concedía a todo un toque mágico, como salido de un cuento.
Cada noche, tras la caída del sol, Norah abría la ventana de su habitación y, apoyada en ella, contemplaba maravillada los juegos de luces y sombras entre cielo y tierra. Era una completa armonía entre ambos mundos. Cerraba los ojos y escuchaba con atención la melodía formada por el canto del búho, la música de los grillos y el correr del río por su cauce. Todas las noches de verano lo mismo.
Como siempre, al llegar a su habitación tras haber cenado, abría la ventana y dejaba entrar una suave brisa que la acariciaba mientras se cepillaba el pelo sentada en la cama. Luego se desvestía, se ponía su camisón y se acercaba a la ventana donde podía pasar horas.
Esa noche no iba a ser menos, por lo que Norah hizo su rutina como cada día. Estaba apoyada en la ventana cuando notó como un escalofrío le recorría todo el cuerpo; de pies a cabeza. En un primer momento pensó que era debido a que no estaba muy abrigada; pues como siempre solo llevaba puesto su camisón fino que le tapaba lo justo. “Vaya, parece que esta noche refresca un poco”, se dijo, pero no le dio importancia y siguió mirando al firmamento. Pero, pasados unos minutos, un terrible dolor de cabeza se apoderó de ella. Era un dolor punzante, como agujas que se clavaban más y más en su cerebro. Dio dos rápidos pasos hacia atrás y puso las manos en la cabeza, en un intento desesperado por que el dolor remitiera. Intentó gritar, pedir ayuda, pero no fue capaz. Finalmente, pasados diez agónicos minutos el dolor cesó. Norah se sentía cansada, abatida y de repente notó que la visión le fallaba. Intentó acercarse a la cama para tumbarse, pero no dio llegado y cayó al suelo inconsciente.
Ella no lo sabía pero sus días como una chica normal habían terminado. Era una de las dos personas elegidas. El destino de todo el reino, estaba ahora en sus manos.
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