El libro que mezcla aventuras y acción, con amor y mentiras. El libro donde nada es lo que parece.

lunes, 19 de diciembre de 2016

UNO. 2

Esta vez, y tras el salto fallido, usó las escaleras para llegar a la puerta. Mientras subía las escaleras miraba la viga de reojo y pensaba en como hacer sus ejercicios de equilibrio la mañana siguiente. Al llegar arriba, abrió la puerta igual de despacio que la de la cocina. Escuchó como la puerta empezó a chirriar así que paró en seco de empujarla. "Esta vez, la cogeré desprevenida", pensó. Sacó la cabeza por detrás de la puerta poco a poco  para ver dónde estaba su madre y, cuando vio la escena que se le presentaba, se le hizo un nudo en la garganta. Sus ojos se abrieron como platos y un sentimiento de furia recorrió su cuerpo. Se echó hacia atrás y se puso de pie. Intentó soltar un grito pero se tapó la boca con las manos antes de articular palabra. Tenía que actuar. Era hora de poner en práctica todo el entrenamiento. 


Las ganas de desayunar se le pasaron de golpe. Volvió a sacar la cabeza por la puerta. Su madre estaba tirada en el suelo de la cocina maniatada y con un pañuelo en la boca que le impedía articular palabra. Tenía un golpe en el pómulo, y ya se le empezaba a poner de color oscuro. También una brecha en la ceja derecha de la que la sangre salía bajándole por el lateral de la cara. Se miraron, y su madre negó con la cabeza advirtiendo a Norah de que no hiciese nada, ningún movimiento. Fue un intento inútil conociendo a la joven.



CONTINUARÁ...

domingo, 11 de diciembre de 2016

UNO.1

Salió de la habitación y, con sigilo, bajó las escaleras. El último escalón chirrió. Se quedó quieta y agudizó el oído para ver si escuchaba algo. Nada. Recorrió el estrecho pasillo hasta llegar a la puerta que comunicaba con la cocina. Intentando hacer el menor ruido posible abrió la puerta y vio su objetivo sobre la mesa. Magdalenas. Comprobó que su madre no la veía y se dispuso a asaltar aquella fuente. Cuando ya tenía una magdalena en la mano, su madre, con un golpe maestro que solo ella ejecutaba, le dio en la mano y la pequeña magdalena cayó de regreso a la fuente.
  - Norah...- Le advirtió con una sonrisa. 
Norah le devolvió la sonrisa y poniendo su voz más dulce dijo:
  - Solo una.
  - Bueno, está bien, pero ni una más de momento. Lo primero es lo primero.
Rápidamente, y como si de un ladrón de guante blanco se tratase, Norah cogió su preciado trofeo y salió corriendo de la cocina hacia las cuadras. "Esta niña, siempre igual”, pensaba su madre divertida mientras ponía leche en un cazo a calentar.
Como cada mañana en las cuadras, una sinfonía de ruidos invadía el silencio. El cacarear de las gallinas, el mugir de las vacas y el relinchar de los caballos surgía en cuanto Norah cruzaba el umbral de la puerta. En vez de bajar por las escaleras; que para ella estaban más de adorno que para usar; saltó hacia una viga que había a su derecha y empezó a hacer ejercicios de equilibrio. Ajena al escándalo montado por los animales, recorrió los veinte metros de la viga. Al llegar al otro extremo, giró noventa grados hacia la izquierda fijando la mirada en su siguiente objetivo; el techo de la cuadra de las vacas. Se concentró, saltó, y aterrizó dando una voltereta encima del techo para amortiguar el golpe. Al levantarse, pisó el vestido y cayó hacia atrás en el montón de hierba seca que estaba al lado de la cuadra. Se incorporó y dijo:
  - Maldito vestido...- Y se sacudió toda la hierba que estaba incrustada en él. 
Cogió la horca que estaba clavada en el montón de hierba y, con un ágil movimiento levantó una mediana cantidad de hierba que lanzó dentro de la cuadra. Las vacas dejaron de mugir y se dirigieron a su desayuno. Un ruido menos, quedaban dos. Lanzó la horca hacia el montón de paja que tenía enfrente y la clavó en medio y medio. Se acercó al barril donde guardaban el pienso, y con un pequeño cubo, cogió un poco y lo echó en el comedero de las gallinas. Se volvieron locas al ver semejante festín, y luchando unas con otras para llegar antes llegaron al comedero volcándolo. Norah las observaba riendo y dando media vuelta, volvió al montón de paja y contempló su diana. 
  - Cada día lo hago mejor, ¿no crees Altai?- Dijo mirando para su caballo negro. Éste meneó la cabeza y sopló con fuerza. 
Norah sonrió y luego le echó en la cuadra una buena cantidad de paja. 
  - Come bien pequeño, y tú también Ytana. 
Cuando acabó de darles de comer les rellenó a todos sus respectivos bebederos. Finalizada su labor, notó como sus tripas se quejaban y pedían de comer. Recordó el olor a magdalenas y su emboscada de hacía unos minutos y no dudó en decirse a sí misma: “A desayunar”.

CONTINUARÁ....

viernes, 9 de diciembre de 2016

UNO

La noche dio paso al día y los primeros rayos de sol trepaban con velocidad por el otro lado de las montañas. Cuando el sol hizo su aparición, todo el valle pareció cobrar vida. Un gallo trepó hasta el tejado de la casa de Norah y cantó con todas sus fuerzas dándole la bienvenida al nuevo día y, de paso, despertando a Norah, que abrió ligeramente un ojo y lo volvió a cerrar rápidamente por la excesiva claridad que entraba por la ventana. La hubiese cerrado y corrido la cortina, pero debido al incidente de la noche anterior no lo pudo hacer.
Esperó un momento y volvió a abrir los ojos, esta vez con más éxito. Sus pupilas se hicieron pequeñas de golpe y le llevó un momento enfocar la habitación. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la luz, se incorporó torpemente del suelo y se sentó en el borde de la cama. "Menudo dolor de espalda", pensó y maldijo el suelo en que había estado durmiendo. Levantó levemente la mirada hasta posarla en la ventana. Recordó lo que había pasado la noche anterior. Ya no había rastro del dolor de cabeza ni de la fatiga, pero aun así, se llevó las manos a la cabeza para comprobar que no hubiera ninguna herida producida por la caída. Al ver que su estado era satisfactorio y no había ninguna brecha, se levantó de la cama y se acercó al tocador que estaba al otro lado de la cama. Abrió el único cajón y sacó de él un lazo con el que se ató el pelo, dejando que su melena rizada le cayera hasta la mitad de la espalda. Se miró al espejo que tenía colgado enfrente y no pudo contener una carcajada que resonó en toda la habitación. Tenía unas ojeras profundas y negras que se hundían en el párpado inferior, debido a no haber dormido en su cama. Le daban un aspecto tétrico, pero aun así seguía siendo preciosa. Sus ojos azules resaltaban aún más sobre las ojeras, que intensificaban su color. Hizo una mueca intentándose dar miedo, pero no lo consiguió. Se giró y se acercó al baúl que tenía a los pies de la cama y sacó de él un vestido limpio, de un color azul que hacía juego con sus ojos. Tras asearse con el agua que estaba dentro de un pequeño barreño y una pastilla de jabón que estaban al lado del tocador, se puso el vestido y se ajustó las cintas del corsé dejando notar su estilizada figura. Satisfecha de su trabajo, se volvió a mirar al espejo y sonrió.

Un olor a dulces recién horneados invadió la habitación y Norah inspiró aquel aroma hasta que no le cupo más aire en los pulmones. Luego, lo echó fuera lentamente. "Creo que hoy será un buen día", pensó. Pero no todo sería tan perfecto como ella imaginaba.

jueves, 8 de diciembre de 2016

CERO

Era tarde, cerca de las diez de la noche y el sol empezaba a ocultarse tras las montañas. El valle brilló con los últimos rayos del lucero y luego se rindió a la noche.

Había sido un día claro, sin nubes ni viento, y por lo que se podía ver, la noche también lo sería. La luna brillaba con todo su esplendor en el negro cielo acompañada por un harén de estrellas que no se separaban de ella. Iluminaban los árboles, las piedras, el río y todo aquello expuesto a ellas con una suave luz blanca que le concedía a todo un toque mágico, como salido de un cuento.

Cada noche, tras la caída del sol, Norah abría la ventana de su habitación y, apoyada en ella, contemplaba maravillada los juegos de luces y sombras entre cielo y tierra. Era una completa armonía entre ambos mundos. Cerraba los ojos y escuchaba con atención la melodía formada por el canto del búho, la música de los grillos y el correr del río por su cauce. Todas las noches de verano lo mismo.

Como siempre, al llegar a su habitación tras haber cenado, abría la ventana y dejaba entrar una suave brisa que la acariciaba mientras se cepillaba el pelo sentada en la cama. Luego se desvestía, se ponía su camisón y se acercaba a la ventana donde podía pasar horas.

Esa noche no iba a ser menos, por lo que Norah hizo su rutina como cada día. Estaba apoyada en la ventana cuando notó como un escalofrío le recorría todo el cuerpo; de pies a cabeza. En un primer momento pensó que era debido a que no estaba muy abrigada; pues como siempre solo llevaba puesto su camisón fino que le tapaba lo justo. “Vaya, parece que esta noche refresca un poco”, se dijo, pero no le dio importancia y siguió mirando al firmamento. Pero, pasados unos minutos, un terrible dolor de cabeza se apoderó de ella. Era un dolor punzante, como agujas que se clavaban más y más en su cerebro. Dio dos rápidos pasos hacia atrás y puso las manos en la cabeza, en un intento desesperado por que el dolor remitiera. Intentó gritar, pedir ayuda, pero no fue capaz. Finalmente, pasados diez agónicos minutos el dolor cesó. Norah se sentía cansada, abatida y de repente notó que la visión le fallaba. Intentó acercarse a la cama para tumbarse, pero no dio llegado y cayó al suelo inconsciente.

Ella no lo sabía pero sus días como una chica normal habían terminado. Era una de las dos personas elegidas. El destino de todo el reino, estaba ahora en sus manos.